Por qué lo que se ve determina lo que se puede decidir

Angel Mª Zamanillo · Joaquín Candeias · Lecturas


Dos personas pueden estar en la misma reunión y salir con percepciones distintas de lo que ocurrió. No porque una hubiera prestado más atención que la otra. Porque su mirada estaba entrenada para reconocer cosas distintas.

Esa observación es cotidiana, pero su consecuencia es enorme. La mirada precede al juicio. Antes de que pensemos sobre algo, ya hemos filtrado qué es ese algo. Y el filtrado no es consciente: se hereda de la formación recibida, se acumula con los años de oficio, se sedimenta con la cultura del entorno en el que se ha trabajado. Cuando se llega a la decisión, la mayor parte del trabajo ya está hecha sin haberlo notado.

En las organizaciones, lo que no se ve no entra en la conversación. Lo que no entra en la conversación no se decide. No por mala fe. Por límite de la mirada.

Lo que la mirada habitual deja fuera

Hay un fenómeno que ilustra esto con precisión. En cualquier comité, los argumentos sobre lo que el balance contable registra —retorno, eficiencia, escalabilidad, rentabilidad— se tratan como racionalidad estratégica. Los argumentos sobre lo que el balance no registra —desgaste del criterio, pérdida de calidad en las decisiones, erosión de la confianza interna— se tratan como buenos sentimientos. No es que los segundos sean menos verdaderos. Es que la mirada que ordena la conversación no los reconoce como información del mismo orden. Pertenecen a otro registro, según esa mirada. Y por tanto pesan menos en la decisión.

En los últimos años, además, la mirada organizativa habitual se ha estrechado. La velocidad, la saturación, los sistemas que premian lo cuantificable, la presión por reportar trimestralmente lo que solo se puede leer al cabo de años: todo eso entrena la mirada para ver cierto tipo de cosas y dejar fuera otras. La inteligencia artificial agrava el efecto, porque procesa con eficiencia exactamente lo que esa mirada ya sabe reconocer y desplaza, por su propio diseño, lo que esa mirada no ve.

El resultado es predecible y caro. Las organizaciones intervienen sobre material deformado. Lo que no entra en el campo de visión, no entra en la decisión. Lo que se ve mal, se decide mal. Y por eso la primera pregunta de cualquier trabajo serio en una sala importante no es qué hacer. Es qué se está viendo. Y, sobre todo, qué no se está viendo.

La Mirada como facultad concreta

Lo que hacemos en élanfactor empieza ahí. Antes de cualquier intervención, una lectura. Antes de proponer, ver. Ese trabajo de mirar tiene un nombre propio, que es también el lema de la marca: la Mirada que lo cambia todo. Pero el lema no es una metáfora. Describe una facultad concreta, entrenable, con dos vertientes específicas.

Esa facultad nace del cruce de dos oficios que, por separado, son comunes; juntos, son raros. El oficio de coordinar proyectos de ingeniería entre empresas con caracteres y objetivos enfrentados durante más de dos décadas. Y el oficio de dirigir teatro y ópera durante más de tres. Dos décadas y media de tensiones técnicas con fuerzas reales, y tres décadas de tensiones humanas bajo riesgo real. Cada uno por su lado entrena una mirada distinta. Juntos producen otra cosa.

El primero entrena la lectura de fuerzas en tensión. Aprender a ver, en cualquier conjunto humano que persigue un propósito común, dónde las direcciones tiran y dónde no. Reconocer cuándo una tensión es funcional —productiva, necesaria para que el proyecto avance— y cuándo se ha vuelto tóxica. Ver el plano completo cuando cada parte solo está mirando su parcela. Distinguir lo que es resistencia legítima de lo que es bloqueo, lo que es preocupación válida de lo que es agenda oculta. Sostener el rumbo cuando las fuerzas tiran en direcciones distintas y ninguna está dispuesta a ceder lo suficiente.

El segundo entrena la lectura de lo que emerge en las personas cuando el riesgo es real. Distinguir la voz que actúa de la voz que dice. Reconocer lo que se sostiene de lo que se finge. Ver la tensión sin nombrar antes de que se nombre. Identificar cuándo algo no está pasando, cuándo se está evitando, cuándo se ha congelado. Saber, sin tener que preguntar, en qué momento del ensayo está la sala, cuándo conviene insistir y cuándo conviene esperar.

Por separado, ninguno de los dos oficios sería suficiente para lo que un comité directivo necesita cuando lo que tiene delante no es un problema con solución. La ingeniería sola, sin lectura de personas, intervendría sobre dinámicas que no acaba de entender. La dirección de escena sola, sin lectura de fuerzas y sistemas, no llegaría al plano donde se ordenan las decisiones organizativas. Juntos, y solo juntos, producen una mirada capaz de leer simultáneamente las dos cosas que en cualquier sala importante están ocurriendo a la vez: las fuerzas que tiran y las personas que las sostienen.

Cómo opera

Esa mirada es la que entra en una sala antes que las preguntas. La que permite ver, cuando un comité llega con un encargo de formación para sus analistas, que el problema no era un déficit de capacidades sino una decisión de diseño tomada en otro plano. La que distingue, en la primera frase de cualquier conversación, si lo que la organización trae es un problema con solución o un dilema disfrazado de problema. La que reconoce, sin necesidad de preguntar, qué tensión está siendo evitada y qué se gana evitándola.

No produce respuestas. Produce visibilidad. Y la visibilidad cambia lo que la organización puede decidir, porque cambia lo que entra en la conversación. Cuando una organización empieza a ver lo que antes no veía, las decisiones que toma cambian, aunque nadie le haya recomendado nada. Por eso decimos que es la Mirada que lo cambia todo: no porque sea espectacular —no lo es—, sino porque modifica el material sobre el que se decide. Y a partir de ese momento, todo lo demás es distinto.

Por qué se entrena, no se enseña

Una mirada de este orden no se transmite en un módulo de formación. No se aprende leyendo un libro. No se compra como un servicio. Se entrena en situación, durante años, con tensiones reales y consecuencias reales.

La mirada del técnico se entrenó coordinando proyectos donde un mal juicio significaba pérdidas económicas medibles para empresas que esperaban resultados. La del director de escena se entrenó dirigiendo producciones donde el riesgo público estaba cada noche sobre el telón. No se construyeron en aulas. Se construyeron en circunstancias donde la mirada tenía que funcionar o el proyecto se caía. Esa diferencia es decisiva: una mirada formada en abstracto —en simulaciones, en casos genéricos, en ejercicios sin consecuencia— no ve lo mismo que una mirada formada en situación. La presión real entrena cosas que la presión simulada no entrena.

Por eso nuestro trabajo no consiste en enseñar a otros a mirar como nosotros. Consiste en entrar en las salas con nuestra propia mirada y devolver lo que vemos, para que la organización pueda decidir desde un material más claro. La mirada no se transfiere. Lo que se transfiere es lo que esa mirada produce: nombre, distinción, articulación, criterio. Una conversación que antes giraba sin entrar al fondo, después tiene fondo. Una decisión que llevaba meses aplazándose, después se puede tomar. Un dilema que se trataba como problema, después se reconoce y se navega. Eso es lo que el comité se lleva.

Lo que cambia cuando una mirada cambia

La cadena causal es sencilla, aunque las organizaciones rara vez la nombran. Lo que se ve determina lo que entra en la conversación. Lo que entra en la conversación determina lo que se decide. Lo que se decide determina lo que se hace. Lo que se hace determina los resultados que se obtienen. Cualquier intervención en cualquier punto de esa cadena que no toque el primer eslabón —lo que se ve— deja intacto el problema de fondo.

Por eso casi todas las intervenciones organizativas que fracasan, fracasan en el mismo sitio: actúan sobre eslabones posteriores sin haber cambiado el primero. Se reforma un proceso sin haber visto lo que el proceso producía en las personas. Se contrata un programa de formación sin haber visto lo que la dinámica del equipo necesitaba realmente. Se aprueba una adopción tecnológica sin haber visto lo que esa adopción iba a desplazar. Las decisiones se toman correctamente sobre material incorrecto, y el resultado es predecible: los problemas reaparecen con otros nombres, los costes se desplazan, las crisis llegan más tarde con más fuerza.

La mirada cambia eso. No porque añada información: porque cambia lo que cuenta como información. Cuando un comité empieza a registrar como información estratégica lo que antes registraba como ruido emocional, las decisiones que toma se ordenan distinto. Cuando una dirección empieza a ver el dilema donde antes veía el problema, la pregunta cambia, y con la pregunta cambia la respuesta posible. La intervención no añade soluciones. Devuelve el material sobre el que se decide.

Eso es la Mirada que lo cambia todo. Una facultad concreta, entrenada en situación durante años, que cuando entra en una sala modifica lo que se puede ver allí. El resto —las herramientas, las preguntas, los prototipos, las acciones— viene después. Y solo funciona porque lo primero está hecho.


Si en algún momento has tenido la sensación de que tu organización está decidiendo bien sobre el material equivocado, eso es lo que la Mirada hace visible. Una conversación breve es suficiente para empezar a verlo. Y si quieres entender de fondo qué está erosionando esa capacidad en las organizaciones del momento, el ensayo El criterio que ordena sin ser examinado lo desarrolla con detalle.

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