El criterio solo se entrena en situación, con dilemas reales en el centro y visibilizando su coste.
Nuestro trabajo no es formación, no es consultoría, no es coaching, aunque comparte herramientas con los tres. La formación transmite contenido. La consultoría aporta soluciones técnicas. El coaching trabaja con el desarrollo individual. Lo que hacemos consiste en acompañar a un consejo, un comité o un equipo directivo a recuperar la capacidad de deliberar sobre el criterio con el que se ordenan sus decisiones, en contacto con las decisiones reales que tienen delante.
Del problema al dilema
La mayoría de los encargos llegan con un problema. Algo que arreglar, una respuesta correcta que encontrar, un proceso que optimizar. Lo primero que hacemos casi siempre es el mismo movimiento: reformular el problema como el dilema que en realidad es.
Un problema tiene solución técnica. Alguien con suficiente conocimiento puede resolverlo, y la inteligencia artificial los resuelve cada vez mejor. Un dilema, en cambio, tiene dos verdades legítimas en tensión y ningún movimiento las concilia: cualquier decisión desplaza el coste hacia una de las dos. La aceleración tecnológica y la sostenibilidad humana de la organización. La eficiencia del sistema y la calidad del juicio. La velocidad de la transformación y la capacidad real de las personas para absorberla.
Un dilema tiene además una mecánica precisa: quien lo enfrenta quiere ganar algo y quiere evitar perder algo, y las dos cosas son legítimas al mismo tiempo. Formulado como pregunta, ese doble querer se hace visible: ¿Cómo avanzamos en velocidad sin erosionar el criterio que hace posible la buena decisión? ¿Cómo adoptamos herramientas que ejecutan sin perder la capacidad de decidir? La pregunta no tiene respuesta correcta —de lo contrario sería un problema, no un dilema—, pero nombrarla con precisión devuelve a quien decide la responsabilidad de elegir con qué criterio navega.
El criterio no se transmite, se entrena. Y solo se entrena en situación: con dilemas reales en el centro, donde las decisiones tienen consecuencias para quienes las toman. Por eso cada acompañamiento ocurre en torno a decisiones que la organización tiene delante. Las decisiones son el material. No las simulamos, no las trabajamos en abstracto, no construimos casos genéricos.
Lectura organizativa, no medición
Las organizaciones se leen, no solo se miden. No en el sentido de que los KPIs no importen —son indispensables para gestionar—, sino en el sentido de que decidir bien requiere algo que ningún cuadro de mando proporciona: una lectura interpretativa de lo que está ocurriendo, de los patrones que lo están produciendo, y de las tensiones que están sin nombrar.
Un director de escena no mide un ensayo con indicadores. Sabe cuándo algo funciona y cuándo no porque tiene décadas observando cómo se comportan las personas bajo presión, puede describir con precisión lo que está viendo y traducirlo en términos que el equipo puede usar para cambiar algo. Esa es la materia de lo que llamamos lectura organizativa: una descripción precisa de los dilemas activos, los patrones que los producen y los criterios concretos para navegarlos. Algo que un comité puede llevar a su siguiente reunión y usar.
Joaquín lleva más de tres décadas dirigiendo teatro y ópera. No es una credencial decorativa: es el oficio que cada lectura organizativa pone en práctica. Lo que un director de escena sabe hacer en un ensayo es exactamente lo que un equipo directivo necesita cuando las dinámicas que le están bloqueando son invisibles desde dentro. A esa forma específica de leer la llamamos la Mirada que lo cambia todo.
Tres planos donde el trabajo ocurre
Cuando entramos en una organización, hay tres planos que tendemos a mirar a la vez, porque suelen tensarse a la vez.
El Yo. La presencia, el autogobierno, la capacidad de responder en lugar de reaccionar. Es donde viven el criterio propio, el pensamiento crítico, la soberanía del juicio personal. Cuando la presión es estructural, lo primero que se pierde es exactamente lo que más se necesitaría para navegar la complejidad.
El Nosotros. La confianza, la conversación honesta, la coordinación madura. Los equipos no se fracturan por un hecho aislado: se fracturan por interpretaciones que se dejan crecer porque no hay un lugar donde nombrarlas. Cuando ese plano se adelgaza, la innovación y el disenso productivo desaparecen antes de que nadie lo haya decidido.
El Eso. El criterio, la lectura del contexto, el sentido organizativo. Los dilemas que nadie ha nombrado todavía. Los patrones que producen lo que la organización intenta evitar. Las preguntas que no llegan a las salas donde se decidiría algo al respecto.
Cuando los tres se tensan a la vez, la operación se vuelve frágil aunque cada parte siga funcionando. Ordenarlos no significa resolverlos. Significa devolverles el espacio para que vuelvan a respirar.
Señales, no indicadores
No usamos indicadores para medir lo que trabajamos. Usamos señales: patrones observables que muestran si una capacidad está activa o se está erosionando. Si las personas proponen o esperan instrucciones. Si los problemas aparecen cuando aún son manejables, o cuando ya son crisis. Si hay disenso real en las reuniones, o unanimidad performativa. Si los líderes se hacen cargo de sus decisiones, o las atribuyen al sistema.
Estas señales no se puntúan: se describen. Y comparadas en el tiempo —a tres meses, a seis, a un año— revelan si el trabajo está produciendo lo que pretendía producir, o si lo que parecía un avance fue un acomodo. No es la métrica que un cuadro de mando pide. Es la lectura que el oficio requiere.
El formato del trabajo: Praxis Journeys
Llamamos Praxis Journeys al formato concreto en el que el trabajo ocurre. Praxis es acción reflexionada: pensamiento que pasa por la decisión y vuelve corregido. Journey, el recorrido que el equipo hace con esa acción reflexionada en el centro. El nombre dice lo que ocurre: deliberación que produce movimiento, movimiento que vuelve a alimentar la deliberación.
Un Praxis Journey no se parece a un taller, a una consultoría, ni a un programa de formación. Empieza reformulando el problema que la organización trae como el dilema que en realidad es. A partir de ahí, las herramientas de la sesión —polaridades que dividen al equipo sin que nadie las haya nombrado, triángulos donde una decisión choca con varios criterios legítimos a la vez, narrativas que conviven en la sala sin haberse encontrado— están al servicio de hacer visible lo que la organización ya sabe pero no ha podido articular. El trabajo no consiste en resolverlo. Consiste en darle a la organización el lenguaje para navegarlo con criterio propio.
Cada Praxis Journey termina con dos o tres acciones exploratorias concretas. No una estrategia, no un informe, no un plan de implementación. Acciones pequeñas y paralelas, acotadas en el tiempo, que el equipo puede probar sin inversión significativa y sin poner en riesgo la estructura existente. La evidencia que esas acciones generan en las semanas siguientes es la base sobre la que se deciden los pasos que vienen. Se prueba, se observa, se responde. Así funciona la navegación en lo complejo: no se diseña el destino entero antes de dar el primer paso.
Un ejemplo construido para ilustrar cómo opera un Praxis Journey está disponible en Lecturas.
Cómo entramos
Empezamos con una conversación breve y sin coste. Si hay encaje, sigue una sesión de trabajo en torno a los dilemas reales que la organización tiene delante. A partir de ahí, cada acompañamiento se diseña sobre las decisiones concretas que hay en juego. No hay catálogo.
Angel Mª Zamanillo · Joaquín Candeias